Llegó sin avisar al Gobernador, evitó los saludos protocolares y se manejó con una agenda propia que pareció más una campaña personal que una visita institucional. En Mendoza, la presencia de Victoria Villarruel se sintió menos como un apoyo y más como una provocación en medio de la delicada alianza entre Cornejo y Milei.
Por Fernando Sette
La Fiesta Nacional de la Vendimia suele ser el escenario donde la política argentina intenta, al menos por un día, mostrar una imagen de unidad y federalismo. Sin embargo, este año, la llegada de Victoria Villarruel a suelo mendocino rompió ese pacto implícito. Lo que debería haber sido una visita institucional se transformó en un despliegue de frialdad y desplantes que dejaron al gobernador Alfredo Cornejo en una posición tan incómoda como irritante.
El desplante como estrategia
La tensión comenzó antes de que el avión tocara pista. Mientras el Gobierno de Mendoza esperaba una confirmación oficial para coordinar protocolos —como dicta la cortesía básica entre poderes—, Villarruel optó por el bypass: le confirmó su asistencia a la COVIAR pero ignoró sistemáticamente las llamadas de la Casa de Gobierno provincial.
Este "ninguneo" inicial no fue un error de agenda, sino un mensaje político. Al aterrizar, el desplante se hizo físico. En el Desayuno de la COVIAR, la distancia gélida entre la Vicepresidenta y Cornejo se podía cortar con un cuchillo. Mientras el Gobernador se esforzaba por mostrar una Mendoza alineada totalmente con el proyecto de Javier Milei, Villarruel jugaba su propio partido, saludando a empresarios con una sonrisa que no se extendió ni un milímetro hacia el mandatario provincial.
"Esa persona" y la sombra del conflicto
El punto más crítico se vivió cuando la prensa consultó a la Vicepresidenta por los duros cruces que mantuvo esta semana con el mendocino Luis Petri, quien la acusó de "golpista". Lejos de buscar la paz en la tierra del sol y del buen vino, Villarruel redobló la apuesta. "No voy a hablar de esa persona", disparó, refiriéndose a Petri como si fuera un desconocido y no un actor central de la coalición que ella integra.
Este nivel de agresividad verbal, en plena fiesta máxima de los mendocinos, fue visto por el entorno de Cornejo como una falta de respeto innecesaria. "Vino a ser una piedra en el camino", susurraban en los pasillos del hotel Hyatt. Para el oficialismo local, la actitud de la Vicepresidenta es un obstáculo para la armonía que Mendoza intenta construir con la Casa Rosada, especialmente ahora que Cornejo se prepara para viajar a EE.UU. como el socio más fiel de Milei.
Una agenda paralela y divisoria
No conforme con el desplante protocolar, Villarruel decidió que el circuito tradicional de la Vendimia no era suficiente para sus ambiciones. Su partida hacia el Valle de Uco para reunirse con la Sociedad Rural de forma independiente fue leída como una "corte paralela". Mientras las autoridades provinciales y nacionales compartían el Agasajo de Bodegas de Argentina, ella buscaba su propia foto, su propia base de poder, lejos de los micrófonos que la incomodaban.
¿Visita o intrusión?
Al final del día, la sensación en Mendoza es de una oportunidad desperdiciada. En lugar de sumar volumen político a los reclamos del sector vitivinícola, la Vicepresidenta utilizó la Vendimia como un ring personal para dirimir sus internas con el Gabinete nacional.
Victoria Villarruel pasó por Mendoza, pero no brindó con ella. Se fue dejando tras de sí un rastro de frialdad institucional y la confirmación de que, en su esquema de poder, las formas y el respeto por el federalismo son apenas obstáculos que prefiere saltar. Para Cornejo, que busca estabilidad y previsibilidad, la visita de la Vicepresidenta no fue un apoyo, sino un recordatorio de que el enemigo, a veces, duerme en la misma cama política.