Detrás del gigante automotor que hoy domina Cuyo hay madrugadas de incertidumbre, pasión por el deporte y un profundo amor por la familia. En el marco de su 20° aniversario, Adrián Yacopini abre su corazón para contar cómo el sudor, la humildad y la cultura del trabajo transformaron aquel salto al vacío del año 2006 en un motor de vida para cientos de familias cuyanas.
Hay premios que se lucen en las vitrinas, fríos e inertes, y otros que se llevan marcados a fuego en el pecho, justo donde late más fuerte el corazón. La reciente nominación de Yacopini BYD a los premios AEM 2026 como Empresa del Sector Comercial y la celebración de las dos décadas de Territorio Yacopini son, para los ojos del mundo, un enorme hito corporativo. Pero para quienes conocen la verdadera historia —la que se forjó con manos curtidas, aciertos, tropiezos, sudor y abrazos de desahogo— esto es muchísimo más que un éxito de ventas o un balance positivo. Es el triunfo de la resiliencia y de la sangre. Es la historia más humana de Adrián "El Chino" Yacopini y de su gente.
Para entender lo que hoy significa ser el líder indiscutido del rubro automotor en Cuyo, hay que apartar por un momento los grandes carteles luminosos de las concesionarias y mirar al hombre. Hay que viajar en el tiempo a ese 2006, cuando su padre y sus hermanos compraron aquel icónico predio en San Martín Sur 600, en Godoy Cruz. Aquel joven soñador se colgó al hombro una mochila repleta de ilusiones y de miedos. Porque sí, hubo mucho miedo. Ellos venían del barro y la fuerza bruta de los camiones y el transporte pesado. Saltar a los autos de pasajeros era arrojarse a un abismo desconocido. "Fue todo nuevo, armar un grupo de trabajo, tener bajas porque algunos no se acomodaron a nuestro ritmo", recuerda hoy. Pero llevaba como brújula el legado más invaluable: la cultura del trabajo inquebrantable que le transmitió su padre, aprendiendo a resolver los problemas de frente, con honestidad y sin faltarle el respeto a nadie.
Este imperio no se construyó solo en reuniones de directorio con café caliente; se edificó en las madrugadas gélidas. Esta es una historia de infinitas noches sin dormir, de mirar el techo en la oscuridad con un nudo en el estómago, preguntándose cómo sostener a cientos de familias en medio de las tormentas políticas y los cambios de gobierno que tanto golpean y paralizan a nuestro país. Son esas tardes de tragar saliva por la preocupación y mañanas enteras parado en el salón, vendiendo con la misma pasión del primer día, viendo constantemente "cómo viene la mano" con el dólar, la inflación y la Argentina, siempre buscando el escudo para proteger el trabajo de los suyos.
Hoy, cuando El Chino se detiene a mirar el camino recorrido, el pecho se le infla de un orgullo que no nace de la soberbia, sino de la emoción del esfuerzo puro. Costó lágrimas y muchísimo sacrificio lograr que los gigantes mundiales confiaran en su apellido. Porque no fue suerte; fue ir a buscar cada marca con los dientes apretados, compitiendo en un mercado donde la estabilidad cambiaria a veces es un espejismo.
Aquel inicio desafiante con General Motors (Chevrolet) y sus imborrables Corsas, dio paso al crecimiento monumental. Luego vino Volkswagen —con su inquebrantable Amarok, que él mismo puso a prueba en los terrenos más hostiles del planeta—, más tarde la confiabilidad japonesa de Nissan, la adrenalina en dos ruedas de Ducati, y la enorme expansión hacia el sur en San Rafael y hacia el norte conquistando San Juan (Yacopini Motors, Yacopini Sud, Chiara). Y como si fuera poco, el salto monumental hacia el futuro: BYD, la marca de electromovilidad que le costó sudor y sangre conseguir. Autos híbridos, camionetas tecnológicas como la Shark que "hablan y hacen todo por vos" y vehículos 100% eléctricos. Un futuro sin ruido de motor que llegó a Mendoza para quedarse, demostrando que en Territorio Yacopini no le tienen miedo a lo nuevo; lo abrazan.
Pero la grandeza de Adrián Yacopini jamás fue solitaria ni se mide en la abismal cantidad de autos que puso en las calles en estos 20 años. Quienes caminan a su lado saben que su verdadera riqueza es su inmensa calidad humana y su don para escuchar. Para él, el corazón del negocio no está en la venta, sino en la posventa. Es ahí, cuando un cliente vuelve y le dice en la cara "esto no me gustó" o "la camioneta hace ruido", donde El Chino siente que se pone a prueba su honor. Lejos de esconderse, le apasiona estar ahí, dar la cara, ponerle un accesorio a la chata para solucionar el problema y ver cómo ese cliente se va con una sonrisa.
Y si hablamos de pasiones, es imposible separar al empresario del deportista de élite. Ese mismo espíritu de guerrero que lo llevó a desafiar la inmensidad y crueldad del Rally Dakar, o a acelerar a fondo en el TC2000, o a organizar el Territorio Running, es el que aplica en su empresa. Para él, correr el Dakar y emprender en Argentina son casi lo mismo: es pura actitud, resiliencia y humildad. Nunca sabés qué obstáculo te espera detrás de la duna, pero si no te rendís, siempre vas a encontrar la forma de llegar a la meta. De esa empatía, de saber en carne propia lo que cuesta cruzar la línea de llegada, nace su apoyo incondicional e incansable al deporte local.
A lo largo de estos 20 años, Territorio Yacopini ha demostrado que no son solo un conglomerado de concesionarias. Son una parte viva de la sociedad. Son un engranaje fundamental en el proceso vital de la gente y se lo retribuyen a través de espacios como "Comunidad Territorio". Están ahí en el abrazo emocionado del pibe que se sube a su primer auto, en la sonrisa de la familia que se agranda y necesita una SUV, y en el apretón de manos del trabajador rural que saca su camioneta para salir a pelearla a la viña de sol a sol.
Hoy, al celebrar estas dos décadas y enfrentar esta nueva nominación de AEM, la emoción lo desborda. Atrás quedaron los miedos a competir, pero lo que nunca se perdió fue la esencia familiar. El Chino Yacopini sigue siendo ese hombre que madruga, que respeta a los competidores, y que trabaja incansablemente por un objetivo supremo: dejar huella. "Dejar huella es seguir levantándome todos los días temprano con los clientes y dejarles algo lindo que es lo que dejó mi padre: el apellido. Dejárselo a mis hijos, Goyo, Franco y Tobías", dice con los ojos brillantes. Ese es su v