Entre el orden fiscal de su segundo mandato y el intento opositor de facturarle derrotas ajenas como la de la UNCuyo, el gobernador enfrenta una sutil operación de esmerilado político que busca devaluar su liderazgo territorial antes de tiempo.
En el sinuoso laboratorio de la política mendocina, donde los hilos se tejen con la paciencia de un viñatero pero se cortan con la frialdad de un cirujano, se está ejecutando una sutil coreografía de esmerilado. El objetivo no es otro que Alfredo Cornejo. Hay un empeño metódico, casi quirúrgico, por parte de sectores de la oposición y de algunos fuego-amigos rezagados, de bajarle el precio a una gestión que, mal que les pese a los cultores del relato fácil, transita su segundo mandato bajo una lógica de estricta supervivencia institucional y orden fiscal.
Quienes caminan los pasillos del caserón de la calle Peltier asisten a un fenómeno curioso. Se intenta instalar la narrativa de un ciclo agotado, un intento de devaluación prematura. Sin embargo, cuando se descorre el velo de la pirotecnia discursiva, los números y las reformas estructurales devuelven otra realidad. Cornejo ha diseñado este segundo capítulo no como una fiesta de expansión populista, sino como la consolidación de un "Estado inteligente". La racionalización del gasto público, la insistencia en una matriz macroeconómica ordenada dentro de los límites provinciales y la reforma del Código Procesal Minero —un intento audaz por desatar las fuerzas productivas de una provincia históricamente timorata en esa materia— son activos que la narrativa opositora prefiere omitir en el inventario. Es el pragmatismo llevado a su máxima expresión: gobernar la escasez con reglas de hierro.
Pero la política, que no sabe de gratitudes, prefiere el golpe de efecto. En los últimos días, el ecosistema de la rosca mendocina intentó facturarle al gobernador una factura ajena, de esas que se endosan por proximidad geográfica y no por responsabilidad real: la derrota del oficialismo en las elecciones de la Universidad Nacional de Cuyo.
El pase de facturas es tan burdo como transparente. Atribuirle el traspié universitario de la Franja Morada y sus aliados a la figura exclusiva de Cornejo es desconocer la dinámica endogámica, casi clerical, del poder académico. La UNCuyo tiene sus propios sismos subterráneos, sus propias lógicas de palacio y sus propios pecados de soberbia que explican el veredicto de las urnas. Pero en el manual de la contrarrevolución cornejista, cualquier bala es buena si se dispara hacia el cuarto piso de la Casa de Gobierno. Querían meterle esa derrota en el legajo personal para limar su autoridad territorial.
Ese es el juego que hoy se despliega en Mendoza: transformar un revés sectorial y universitario en una supuesta crisis de liderazgo provincial. Una operación clásica de manual político. Intentan licuar el capital de un dirigente que, aun con el desgaste lógico de dos gobernaciones sobre las espaldas, sigue siendo el pivot sobre el cual gira toda la política cuyana. La pregunta que flota en el aire del invierno mendocino no es si Cornejo ha perdido el control de los claustros, sino si quienes intentan jubilarlo antes de tiempo tienen el espesor necesario para llenar el vacío que pretenden crear.