En la política, las críticas son el precio del liderazgo. Y si alguien ha sabido capear los embates de sus detractores mientras construía un modelo de gestión y poder en Mendoza, ese es Alfredo Cornejo. A lo largo de los últimos veinte años, ha sido el gran arquitecto político de la provincia, desde sus inicios como operador cercano a Julio Cobos hasta convertirse en el líder indiscutido del oficialismo mendocino. Gobernador en dos períodos, legislador nacional, y hábil estratega en la designación de candidatos, Cornejo no solo ha moldeado el rumbo de Mendoza, sino que ha dejado una marca indeleble en su estructura de poder.
Su primer gran desafío fue enderezar las cuentas públicas. Cuando asumió la gobernación en 2015, Mendoza arrastraba un déficit preocupante. Con una férrea disciplina fiscal y una gestión austera pero efectiva, logró revertir la situación y sentar las bases para una provincia más ordenada. A partir de allí, los avances fueron palpables: la economía provincial mostró signos de recuperación, la seguridad tuvo mejoras significativas con inversiones en tecnología y equipamiento para las fuerzas policiales, y la infraestructura recibió un fuerte impulso con obras estratégicas.
En materia de seguridad, los avances han sido notorios. La implementación del banco de huellas ha permitido una mayor eficacia en la identificación de delincuentes, mientras que el incremento de la presencia policial en las calles ha contribuido a reducir la criminalidad en distintos sectores de la provincia. Estas medidas, combinadas con una estrategia de prevención y control, han fortalecido la percepción de seguridad entre los mendocinos.
Pero su apuesta más audaz llegó con la minería. En una provincia donde el debate sobre la explotación minera ha sido históricamente espinoso, Cornejo decidió jugar fuerte, impulsando la actividad como una oportunidad de desarrollo. Su visión generó adhesiones y rechazos, pero nadie puede negar que tuvo la determinación de abrir un debate que muchos otros prefirieron esquivar.
Además de su capacidad de gestión, su olfato político lo ha convertido en el gran elector de Mendoza. Ha sabido elegir los candidatos adecuados para las intendencias clave, asegurando la continuidad de su proyecto en los municipios más importantes. Su personalidad firme y pragmática le ha permitido atraer a sectores diversos, consolidando alianzas estratégicas que han fortalecido su espacio político.
Todo esto ha sucedido en un contexto nacional sumamente adverso. Mientras el país atravesaba una crisis económica profunda, con alta inflación y niveles de incertidumbre alarmantes, Mendoza ha logrado resistir y, en muchos aspectos, seguir avanzando. La administración ordenada de Cornejo ha permitido que la provincia no solo sobreviva, sino que cada día esté mejor posicionada frente a un escenario nacional desfavorable.
Las críticas, como era de esperar, no han faltado. Sus adversarios lo acusan de concentrar demasiado poder y de manejar la provincia con mano de hierro. Sin embargo, los resultados están a la vista. Mendoza es hoy una provincia con cuentas ordenadas, mejor infraestructura, mayor seguridad y una economía más estable que la de muchas otras jurisdicciones.
Alfredo Cornejo ha sabido construir poder y gestionar con eficacia. Que lo critiquen no es novedad, pero como diría el Quijote: Ladran, Sancho.